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Allí en ese océano tan hermoso, se dejó hundir. Su majestuosas aguas acariciaban su pelo lejano, despeinado…
Lo amó, bebió de él sin medida, sabiendo que luego podía ser invadida por una sed desesperante…, no paró de beber.
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“Aquí encontré mi sitio…”, dijo sin parar de respirar (aunque le costaba).
Caminó por la ladera de un sueño y sintió miedo de caer al vacío. Todo tenía un color desconocido y le pesaba… Sí, algo le pesaba.
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En aquella tarde plomiza, se sentó a mirar por la ventana. Esperaba y esperaba sin saber muy bien qué… , pero esperaba.
El cielo acompañaba a su alma en el sentimiento, y el mundo entero le pesaba.
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El invierno se le venía encima. Esa sensación comenzó una noche de tantas (y no ‘tan tantas’), simplemente una noche.
¿El invierno? Coincidió que aquella noche no era fría, pero sin embargo las siguiente si las serían, y tanto…
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Aquel momento era algo indescriptible, pueril, quizá tierno… pero sobre todas las cosas: Necesario.
El reloj y las noches comenzaban a marcar aquellos pasos en el alma, pasos que no sabía bien adónde iban, o si venían, simplemente pasos que dejaban huellas que podían ser apreciadas en absoluta intimidad, huellas que no eran pasibles de ser tocadas, pero si deseadas… Huellas que en algún rincón del planeta una persona imprimía sin querer en su alma… (¿Sin querer…?).
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